LENGUA Y ESPÍRITU

Por:  Juan Alvaro Echeverry

Decimos que “el espíritu” es el fundamento teórico y metodológico de esta Cátedra. ¿De qué espíritu estamos hablando? “Espíritu” es una palabra muy adecuada por lo que está llena de equívocos y traduce mal a las lenguas nativas. Para comenzar, usamos un término que choca con el secularismo que parece orientar todo el proyecto académico y científico – fundado en la razón y el distanciamiento con los “objetos”. Algo distinto – y más próximo al proyecto académico – sería “la lengua como fenómeno espiritual”; allí “lo espiritual” aparece, o se representa, como un objeto independiente del sujeto que lo observa. En cambio, “la lengua es espíritu” es una cópula, es una afirmación, que nos coloca de entrada en una modalidad epistémica (por así decirlo) diferente: nos vuelve invisible el objeto y nos obliga a nuevos modos de entender – que no sabemos cuáles son – porque “el espíritu” no se ve y la expresión misma está llena de trampas.
Expresiones como “espíritu”, “espiritualidad”, etc. fácilmente pueden conducirnos al ámbito de las religiones constituidas (El Espíritu Santo, como una de las manifestaciones de La Trinidad) o, peor aún, a neo-paganismos New Age, con todo el narcisismo y consumismo que va con eso – y que por cierto reapropia lo que se imagina que es la “espiritualidad” de los pueblos originarios –. Estos sentidos de “espíritu — religioso-formal o neo-pagano– están lejos de nuestro proyecto y creo que nuestros gestos y decisiones así lo muestran.
Nuestro sentido de “espíritu” se aproximaría – parecería evidente – a una espiritualidad amerindia. Pero — ¡ojo! – aquí los riesgos son mayores y los retos más equívocos. Podríamos tal vez pensar que la espiritualidad nativa es comparable con los fenómenos religiosos o neo-paganos que acabamos de mencionar. La etnología parece ofrecernos pistas para pensar que no son tan fácilmente comparables.
Maurice Leenhardt, antropólogo-misionero que trabajó muchos años en Nueva Zelandia y tejió profunda amistad con intelectuales maorí, narra que conversando una vez con uno de esos compañeros nativos, muy inteligente, luego de muchos años de relación le dijo algo así como “Yo creo que nosotros europeos les hemos hecho daño trayéndoles nociones como la de ‘espíritu’” (Leenhardt era antropólogo y misionero). A lo que su amigo nativo replicó: “No, lo de espíritu no es problema, lo que ustedes sí nos trajeron y es muy complicado es lo de ‘cuerpo’.” Para los no-indígenas una noción como cuerpo es auto-evidente (los cuerpos están dados, son tangibles y objetivos), en cambio, espíritu es intangible, es una búsqueda, un trabajo refinado en el que hay que poner mucho esfuerzo. Para el nativo, parecería que lo de espíritu fuera auto-evidente y lo complicado y que requiere mucho esfuerzo es lo de cuerpo – en una perfecta lógica perspectivista à la Viveiros de Castro.
Entonces podemos decir que lo que significamos como “espíritu” (así lo despojemos de connotaciones religiosas o de misticismos New Age) no es lo mismo que lo que podría ser “espíritu” para los amerindios. Y una pista potente en ese sentido es el que el significado de “espíritu” en la expresión “la lengua es espíritu” traduce mal a las lenguas amerindias – o por lo menos a la lengua murui-muina (en la medida de mi conocimiento). Ejemplo: pregunté en el mambeadero de Kaɨ Komuiya Uai, “Cómo se traduce “la lengua es espíritu” al uitoto o Murui-Muina?” La respuesta fue, sin mucha deliberación, uai joriaɨ. Para mí fue la prueba que no nos estamos entendiendo: uai ‘palabra, idioma’; joriaɨ ‘espíritus (aquellos espíritus que andan y que no tienen el sentido que empleamos cuando decimos, por ejemplo, ‘el espíritu de este trabajo es…’)’. ¿Y por qué en plural? La respuesta es que el singular nos lleva a dos conceptos diferentes del plural: jorema ‘espíritu (masc.), es el espíritu de una planta que habla; joreño ‘espiritu (fem.)’ es el fantasma de un muerto. Trampas de la traducción, cuando asumimos que las palabras nombran cosas que existen. Para mi entender, lo que quisiéramos decir con la fórmula “la lengua es espíritu” se acerca mucho más a un concepto corporal: aliento. Yo traduciría nuestro “la lengua es espíritu” al murui-muina como uai komuiya jagɨyɨ ‘la palabra (el idioma) es aliento de vida’. De hecho, al final de la primera sesión unos jóvenes murui-muina escribieron algo muy parecido en las paredes de la Casa Hija: Kaɨ komuiya jagɨyɨ ‘Nuestro aliento de vida’.
Otra evidencia que apunta a los equívocos de la traducción – y nos alerta a no estar convencidos que estamos hablando y pensando lo mismo que los compañeros indígenas cuando hablamos en español – es la reacción que produjo el título “La lengua es espíritu” en el mambeadero de CAPIUL, en particular en WY y en AB. A ellos no les “cuadró” esa expresión. ¿Por qué? Probablemente porque la tradujeron directo y eso los llevó a un terreno problemático. En cambio un título como “Lengua de vida, palabra de vida, territorio de vida” (que fue el título que dimos a un evento que realizamos en noviembre de 2017) les pareció perfecto.
Todo esto no quiere decir que el título de la Cátedra estuvo mal escogido, sino por el contrario que es un título que nos pone de presente el terreno inestable (pero fecundo) en el que nos paramos, a partir de diferentes provocaciones. Provocación al habitus académico secularizante y racionalista: planteamos un curso universitario con “el espíritu” no como fenómeno objetivo (un fenómeno socio-cultural) sino como una afirmación. Provocación (o riesgo) de confundirnos con términos religiosos formales o con espiritualidades neo-paganas contemporáneas – fácilmente cooptadas por el narcisismo individualista y el consumismo capitalista. Provocación al mundo indígenas, que nos pone de presente que las traducciones directas nos hacen escapar o perder de las divergencias ontológicas.
Primera lección: resulta que nuestro “espíritu” es un concepto corporal: llamémoslo, provisionalmente “aliento” o “vida” – o incluso podríamos llamarlo “cuerpo”. Pero, ¿cómo se leería en español una expresión como “la lengua es cuerpo”?
Con estas advertencias podemos estar mejor preparados para explorar el potencial de nuestras sesiones para buscar nuevas formas de entender y actuar desde un nuevo espacio de enseñanza-aprendizaje: una niña con su piel pintada, con aliento, con vida, con sexo – un cuerpo (no una institución, o una metodología, o una estrategia o un currículo): La Casa Hija.

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